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      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 17. Las "Jornadas de abril", de la Historia de la Revolución Rusa

      (viene de pg. anterior)

      Mientras que los conciliadores acudían a la persuasión y trataban de extinguir la hoguera, los kadetes la avivaban y adoptaban actitudes provocadoras. Kornílov, aunque ayer no obtuviese autorización para emplear las armas, no sólo no ha abandonado su plan, sino que, lejos de ello, ha tomado, desde bien temprano, medidas para lanzar la Artillería y la Caballería sobre los manifestantes. Contando firmemente con el carácter fogoso del general, los kadetes publicaron una hoja incitando a sus partidos a salir a la calle con el propósito evidente de llevar las cosas hasta el conflicto decisivo. Fracasado el desembarco a orillas de los Dardanelos, Miliukov seguía desarrollando su ofensiva, con Kornílov por vanguardia y la Entente como reserva. La nota enviada a espaldas de los soviets y el artículo de fondo del Riech desempeñarían el cometido de telegrama de Ems del canciller liberal de la revolución de Febrero. «Todos los que están al lado de Rusia y de la Libertad, deben agruparse en torno al gobierno provisional y sostenerlo.» Así decía el manifiesto del Comité central de los kadetes, en que se invitaba a todos los buenos ciudadanos a salir a la calle para luchar contra los partidarios de la paz inmediata.

      Aquel día, la Nevski, arteria principal de la burguesía, se convirtió toda ella en un mitin kadete. Una manifestación considerable, presidida por los miembros del Comité central kadete, se dirigió al palacio de Marinski. Por todas partes se veían cartelones con letreros que acababan de salir del taller: «Confianza absoluta en el gobierno provisional.» «¡Viva Miliukov!» Los ministros estaban radiantes: el «pueblo» estaba con ellos, cosa tanto más evidente cuanto que los emisarios del Soviet hacían esfuerzos sobrehumanos por disolver los mítines revolucionarios, por conseguir que las manifestaciones de obreros y de soldados evacuaran el centro y se dirigieran a los suburbios y por evitar toda acción por parte de los cuarteles y de las fábricas.

      Bajo la bandera de la defensa del gobierno llevábase a cabo, por vez primera, una movilización franca y en todo el frente de las fuerzas contrarrevolucionarias. En el centro de la ciudad aparecieron camiones de las fuerzas contrarrevolucionarias. En el centro de la ciudad aparecieron camiones con oficiales, kadetes y estudiantes armados. Entraron en acción los Caballeros de San Jorge, y la juventud dorada organizó en la Nevski un tribunal que detenía en la calle a los partidarios de Lenin y a los «agentes alemanes». Hubo ya reyertas y víctimas. Decíase que el origen de la primera colisión sangrienta había sido ya la tentativa de unos oficiales de arrebatar a los obreros una bandera con un letrero contra el gobierno provisional. Las reyertas fueron tomando un carácter cada vez más encarnizado, y se inició un tiroteo, que, a partir de mediodía, fue ya constante. Nadie sabía exactamente quién disparaba ni por qué se disparaba. Pero el hecho ea que aquel confuso tiroteo, en parte pérfido y en parte producido por el pánico, había causado ya víctimas. Los ánimos se iban caldeando.

      No; la jornada no era precisamente un testimonio de la «unidad nacional». Eran dos mundos los que se enfrentaban. Las columnas patrióticas, echadas a la calle por el partido kadete contra los obreros y soldados, estaban compuestas exclusivamente por los elementos burgueses de la población, por oficiales, intelectuales, funcionarios públicos. Dos torrentes humanos, uno al grito de «¡Queremos Constantinopla!» y otro al grito «¡Viva la paz!», se derramaban sobre las calles partiendo de distintas partes de la ciudad, distintas por su composición social y por su aspecto exterior, con inscripciones hostiles en los cartelones y que, al chocar, recurrían a los puños, a los bastones y hasta a las armas de fuego.

      En el Comité ejecutivo se recibió la noticia inesperada de que Kornílov había mandado montar los cañones en la plaza de palacio. ¿Era una iniciativa tomada, por su cuenta y riesgo, por el jefe militar de la región? No; el carácter y la futura carrera de Kornílov indican que el bizarro general tenía siempre detrás alguien que le empujase; en esta ocasión, ese alguien eran los caudillos kadetes. Ellos no hubieran echado a su gente a la calle sin contar con la intervención de Kornílov y para provocarla. Uno de los jóvenes historiadores de la revolución observa, acertadamente, que la tentativa del general para llevar sus fuerzas a la plaza de palacio no coincidió precisamente con el momento en que se planteaba la necesidad, fuese real o imaginaria, de defender el palacio de Marinski contra la muchedumbre excitada, sino con el momento en que la manifestación de los kadetes llegaba a su punto culminante.

      Pero el plan Miliukov-Kornílov fracasó de modo ignominioso. Por simples que fueran los jefes del Comité ejecutivo, no podían dejar de comprender que se estaban jugando la cabeza. Antes ya de que llegaran las primeras noticias de las sangrientas refriegas en la Nevski, el Comité circuló una orden telegráfica a todas las fuerzas militares de Petrogrado y sus alrededores para que no se mandara ni un solo soldado a las calles de la capital sin el consentimiento del Soviet. Ahora, cuando los propósitos de Kornílov son del dominio público, el Comité ejecutivo, a pesar de todas sus declaraciones solemnes, toma el timón con ambas manos, por la cuenta que le tiene, y no sólo exige de Kornílov que retire inmediatamente las tropas de las calles, sino que destaca a Skobelev y a Filipovski para que hagan volver a las tropas a los cuarteles en nombre del Soviet. «En estos días agitados, no salgáis a la calle con las armas en la mano sin que el Comité ejecutivo os requiera a ello. El derecho a disponer de vosotros pertenece exclusivamente al Comité ejecutivo.» En lo sucesivo, toda orden relativa a la salida de tropas deberá constar en un documento oficial del Soviet e ir avalada, por lo menos, con la firma de dos personas autorizadas para ello. Diríase, pues, que el Soviet interpretaba de un modo inequívoco los manejos de Kornílov como una tentativa de la contrarrevolución para provocar la guerra civil. Pero lo curioso es que, a la par que con este decreto reducía a la nada el mando de la región, no se le pasaba siquiera por las mentes reemplazar a Kornílov, sin duda por no atentar contra las prerrogativas del poder. He aquí «las manos temblorosas». El nuevo régimen vivía rodeado de ficciones, lo mismo que un enfermo vive rodeado de almohadas y compresas. Pero lo más instructivo, desde elpunto de vista del verdadero balance de fuerzas, era el hecho de que no sólo las tropas, sino las escuelas militares se negasen, ya antes de recibir la comunicación de Cheidse, a entrar en acción sin órdenes del Soviet. Aquellas desagradables sorpresas que los kadetes no habían previsto y que se sucedían unas a otras, eran consecuencia inevitable del hecho de que, en el momento de la revolución nacional, la burguesía rusa resultaba ser una clase antinacional. Este hecho podía disimularse durante algún tiempo a la sombra del doble poder, pero no era posible borrarlo.

      Aparentemente, la crisis de abril iba a cancelarse sin que recayera una decisión. El Comité ejecutivo consiguió mantener todavía a las masas en los umbrales de la dualidad de poderes. Por su parte, el gobierno, agradecido, explicó que por «garantías» y «sanciones» habían de entenderse los tribunales internacionales, la limitación de los armamentos y otras cosas magníficas. El Comité ejecutivo se apresuró a aferrarse a estas concesiones terminológicas, y por 34 votos contra 19 declaró liquidado el incidente. Para tranquilizar a sus filas alarmadas, la mayoría adoptó, además, las siguientes resoluciones: intensificar la vigilancia de la actuación del gobierno provisional; que no se realizase ningún acto político sin informar previamente de ello al Comité ejecutivo; radical transformación de la representación diplomática. La dualidad de poderes traducíase al lenguaje jurídico constitucional; pero con esto no se modificaba en lo más mínimo la naturaleza de las cosas. El ala izquierda no consiguió arrancar a la mayoría conciliadora ni la dimisión de Miliukov. Todo seguiría como antes. El gobierno provisional estaba sometido a la fiscalización mucho más efectiva de la Entente, contra la cual el Comité ejecutivo ni siquiera pensaba en atentar.

      El día 21 por la tarde, el Soviet de Petrogrado hizo, por decirlo así, el balance de la situación. Tsereteli dio cuenta del nuevo triunfo de aquellos modelos de prudencia que eran los directores, triunfo que ponía fin a toda equívoca interpretación de la nota del 27 de marzo. Kámenev, en nombre de los bolcheviques, propuso la formación de un gobierno puramente soviético. La Kolontay, revolucionaria popular, que durante la guerra se había pasado del campo menchevique a los bolcheviques, propuso que se organizase un plebiscito popular por las barriadas de Petrogrado y sus alrededores acerca del gobierno provisional que apetecían; pero estas proposiciones no fueron comprendidas por el Soviet. La cuestión parecía ya resuelta. Por una inmensa mayoría, contra 13 votos, se adoptó la tranquilizadora resolución del Comité ejecutivo. Cierto es que la mayoría de los diputados bolcheviques se hallaban todavía actuando en las fábricas, en las calles, en las manifestaciones. Pero, así y todo, es indudable que la masa principal del Soviet no se inclinaba en lo más mínimo hacia las consignas bolcheviques.

      El Soviet propuso que cesasen durante dos días todas las manifestaciones en las calles. La resolución fue votada por unanimidad. Nadie dudaba, ni por asomo, de que todo el mundo se sometería a la decisión. Y, en efecto, ni los obreros, ni los soldados, ni la juventud burguesa, ni el barrio de Viborg, ni la perspectiva Nevski, nadie se atrevió a desobedecer la orden del Soviet. La pacificación se obtuvo sin que fuera preciso aplicar ninguna medida coercitiva. Hubiera bastado con que el Soviet se sintiera dueño de la situación para que lo fuera en realidad.

      Entre tanto, iban llegando a las redacciones de los periódicos de izquierda docenas de acuerdos votados por las fábricas y los regimientos pidiendo la dimisión inmediata de Miliukov y, algunas, la de todo el gobierno provisional. La agitación no quedó limitada a Petrogrado. En Moscú, los obreros abandonaron el trabajo; los soldados salieron de los cuarteles, invadieron las calles con protestas tumultuosas. En los días siguientes, afluyeron al Comité ejecutivo telegramas de docenas de soviets locales protestando contra la política de Miliukov y prometiendo apoyar en todo al Soviet. Del frente llegaban también voces en e mismo sentido. Pero todo había de seguir como hasta allí.

      «El 21 de abril -afirmaba, andando el tiempo, Miliukov- reinaba en las calles un estado de espíritu favorable al gobierno.» Se refiere, sin duda, a las calles que él pudo observar desde su balcón después que los soldados y los obreros se volvieron, respectivamente, a sus cuarteles y a sus casas. En realidad, el gobierno estaba completamente solo. Ninguna fuerza seria lo seguía, como pudimos oír de labios de Stankievich y del propio príncipe Lvov. ¿Qué significaban aquellas palabras de Kornílov de que disponía de fuerzas suficientes para dominar a los rebeldes? Nada más que una ligereza inaudita de aquel honorable general, ligereza que llega a su punto álgido en agosto, cuando el conspirador Kornílov hace avanzar sobre Petrogrado a tropas que sólo existían en su imaginación. Y se explica en un hombre como Kornílov, que identificaba el estado de espíritu del mando con el de las tropas. En su mayoría, la oficialidad estaba, indudablemente, con él; esto es, dispuesta bajo la apariencia de defender al gobierno provisional, a romperle las costillas al Soviet. Los soldados, que, por su disposición de ánimo, se hallaban situados indeciblemente más a la izquierda que el Soviet, estaban al lado de éste; pero como el Soviet, a su vez, estaba al lado del gobierno provisional, resultaba que Kornílov podía utilizar en defensa del gobierno provisional a soldados soviéticos capitaneados por oficiales reaccionarios. Amparados tras el régimen del doble poder, jugaban todos al escondite. Sin embargo, en cuanto los jefes del Soviet dieron a las tropas orden de no abandonar los cuarteles, Kornílov se encontró flotando en el vacío con todo el gobierno provisional.

      Y, a pesar de todo, el gobierno no cayó. Las masas que emprendieron el ataque carecían absolutamente de preparación para llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Esto les permitió a los jefes conciliadores intentar retrotraer nuevamente el régimen de Febrero a su punto de partida. Olvidando, o deseando hacer olvidar a los demás que el Comité ejecutivo se había visto obligado a poner mano en el ejército de un modo franco y en contra el poder «legal», el 22 de abril las Izvestia (Noticias) del Soviet se lamentaban en estos términos: «El Soviet no aspira a tomar el poder en sus manos. Sin embargo, en muchas banderas de sus partidarios leíanse inscripciones que exigían el derrocamiento del gobierno y la entrega de todo el poder al Soviet...» En efecto, ¿acaso no era indignante que los obreros y los soldados quisieran seducir a los conciliadores a hacerse cargo del poder, es decir, que consideraran seriamente a aquellos caballeros capaces de poner el poder al servicio de la revolución?

      No, los socialrevolucionarios y los mencheviques no querían el poder. Como hemos visto, la proposición bolchevique sobre la entrega del poder a los soviets sólo consiguió un número insignificante de votos en el Soviet de Petrogrado. En Moscú, la proposición de desconfianza contra el gobierno provisional, presentada por los bolcheviques el 22 de abril, no reunió más que setenta y cuatro votos entre los muchos centenares de diputados. En cambio, el Soviet de Helsignfors, a pesar de dominar en él los socialdemócratas y los mencheviques, votó aquel día una proposición excepcionalmente audaz para los tiempos que corrían, en la cual brindaba al Soviet de Petrogrado su ayuda armada para derribar al «gobierno provisional imperialista». Pero este acuerdo, votado por la presión directa de los marinos de guerra, representaba una excepción. En su aplastante mayoría, la representación soviética de las masas, que todavía ayer se hallaban al borde de la insurrección contra el gobierno provisional, se mantenía por entero en el terreno de la dualidad de poderes. ¿Qué significaba esto?

      La contradicción que saltaba a la vista del ataque de las masas y la política de medias tintas de su reflejo político no tenía nada de casual. En las épocas revolucionarias, las masas oprimidas se ven arrastradas a la acción directa con mayor facilidad y mucho antes de que aprendan a dar a sus deseos y reivindicaciones una expresión política por medio de sus propias y genuinas representaciones. Cuanto más abstracto es el sistema representativo, más a la zaga va del ritmo de los acontecimientos, obediente a la acción de las masas. La representación soviética, la menos abstracta de todas, tiene ventajas incalculables en situaciones revolucionarias; baste recordar que las Dumas democráticas elegidas a base de las normas acordadas el 17 de abril, no cohibidas por nada ni por nadie, se revelaron completamente impotentes para competir con los soviets. Pero, a pesar de todas las ventajas que tenía su contacto orgánico con las fábricas y los regimientos, es decir, con las masas activas, los soviets son siempre una representación, que, como tal, no se halla libre en absoluto de los convencionalismos y deformaciones del parlamentarismo. La contradicción inherente a toda representación, incluso la soviética, consiste en que, de una parte, es necesaria para la acción de las masas, y, de otra, se alza fácilmente ante ellas como obstáculo conservador. Eta contradicción puede ser superada en la práctica, cuando la necesidad se plantea, renovando la representación. Pero esto, que no es tan sencillo como a primera vista parece, es siempre, sobre todo en plena revolución, un resultado deducido de la acción directa; por esto no puede mantenerse nunca al paso con ésta. Lo cierto es que, al día siguiente de producirse la semiinsurrección -o, hablando más exactamente, el cuarto de insurrección de abril, pues la verdadera semiinsurrección tuvo lugar en julio-, seguían sentándose en el Soviet los mismos diputados que la víspera, y, tan pronto como volvieron a encontrarse en su ambiente habitual, votaron también, como era lógico, con los dirigentes habituales.

      Pero esto no significa, ni mucho menos, que la tormenta de abril pasar sin dejar huella alguna en el Soviet, en el régimen de Febrero y, sobre todo, en las propias masas. La grandiosa intervención de los obreros y soldados en los acontecimientos políticos, aunque no se llevase hasta sus últimas consecuencias, modifica la situación política, imprime un nuevo impulso al movimiento general de la revolución, acelera los inevitables reajustes de los grupos y obliga a los políticos de gabinete y de pasillo a olvidar sus planes de ayer y a plegar su actuación más atentamente a las nuevas circunstancias.

      Tan pronto como los conciliadores hubieron liquidado aquella explosión de guerra civil y se imaginaron que las aguas volverían a su antiguo cauce, se planteó la crisis del gobierno. Los liberales no querían seguir gobernando sin la participación directa de los socialistas en el ministerio. Por su parte, los socialistas, obligados por la lógica del doble poder, al aceptar esta condición exigían que se renunciase demostrativamente al programa de los Dardanelos. Esto determinaba inexorablemente la separación de Miliukov, el cual se vio obligado a abandonar la cartera el día 2 de mayo. Como se ve, el objetivo de la manifestación del 20 de abril se alcanzaba con un retraso de doce días y en contra de la voluntad de los caudillos del Soviet.

      Pero estos aplazamientos no hicieron más que poner de manifiesto de un modo más elocuente la impotencia de los directores. Miliukov, que, con ayuda de un general, se disponía a introducir una modificación radical en la correlación de las fuerzas, saltó estrepitosamente del gobierno como un tapón, y aquel generalote feroz viose obligado a presentar la dimisión. Los ministros no aparecían ya tan radiantes como antes, ni mucho menos. El gobierno imploraba del Soviet que accediera a la formación del gobierno de coalición. Y todo porque las masas habían apretado en el otro extremo de la palanca.

      Esto no quiere decir, sin embargo, que los partidos conciliadores se hubieran acercado más a los obreros y a los soldados. Al contrario, los acontecimientos de abril, demostrando cuántas sorpresas se encerraban en las masas, empujaron a los jefes democráticos aún más hacía la derecha, los acercaron más a la burguesía. A partir de este momento, prevalece ya definitivamente el rumbo patriótico. La mayoría del Comité ejecutivo se hace más compacta. Los radicales indefinidos, tipo Sujánov, Stieklov y otros, que últimamente inspiraban todavía la política del Soviet e intentaban sostener hasta cierto punto una parte de las tradiciones del socialismo, queda al margen. Tsereteli abraza una firme orientación conservadora y patriótica que representa una especie de transacción entre la política de Miliukov y la representación de las masas trabajadoras.

      La conducta del partido bolchevique en las jornadas de abril no fue homogénea. Los acontecimientos le cogieron desprevenido. Acababa apenas de superar la crisis anterior y estaba preparando activamente el Congreso del partido. Bajo la impresión de la agitación aguda reinante en los barios obreros, algunos bolcheviques se pronunciaron por el derrocamiento del gobierno provisional. El Comité de Petrogrado, que todavía el 5 de marzo daba un voto de confianza condicional al gobierno, vacilaba. Se decidió organizar para el día 21 una manifestación, pero sin definir con suficiente claridad el fin de la misma. Una parte del Comité petersburgués lanzó a la calle a los obreros y soldados, con el propósito, a decir verdad no muy definido, de intentar de paso el derrocamiento del gobierno provisional. En el mismo sentido actuaban algunos elementos aislados de izquierda que se hallaban fuera del partido. Al parecer, intervinieron también los anarquistas, que, aunque eran pocos, metían mucho ruido. Algunos elementos se presentaron en los cuarteles exigiendo automóviles blindados y todo género de refuerzos para proceder a la detención del gobierno o para luchar en las calles contra los enemigos. Pero la división de automóviles blindados, que simpatizaba con los bolcheviques, manifestó que no pondría los automóviles a disposición de nadie si no recibía órdenes del Comité ejecutivo.

      Los kadetes se esforzaron por todos los medios en acusar a los bolcheviques de los sangrientos sucesos de aquellos días. Pero la Comisión especial nombrada por el Soviet dejó sentado de una manera irrefutable que los primeros disparos no habían sido hechos desde la calle, sino desde los portales y los balcones. En los periódicos apareció una nota del fiscal concebida en estos términos: «El tiroteo ha sido obra de elementos procedentes de los bajos fondos sociales, con el fin de provocar desórdenes y confusión, siempre ventajosos para la chusma.»

      La hostilidad existente contra los bolcheviques por parte de los partidos dirigentes del Soviet no habían llegado aún, ni mucho menos, al extremo que alcanzó dos meses después, en julio, cuando eclipsó definitivamente la razón y la conciencia. Los jueces, si bien conservaban su antigua composición, se sentían aún cohibidos ante la revolución en abril, y no se permitían aplicar ya contara la extrema izquierda los métodos de la policía zarista. En este sentido, pudo realizarse también sin gran dificultad la agresión de Miliukov.

      El Comité central dio un rapapolvo al ala izquierda de los bolcheviques, y declaró, el 21 de abril, que consideraba completamente acertada la orden de prohibición de las manifestaciones, dada por el Soviet, y que era preciso someterse incondicionalmente a ella. «Además, la consigna de «¡Abajo el gobierno provisional!» no es acertada en las presentes circunstancias -decía la resolución del Comité central-, pues sin una mayoría consistente (es decir, consciente y organizada) del pueblo al lado del proletariado revolucionario, esta consigna, o es una mera frase o se reduce a una tentativa de carácter aventurista.» La resolución define como finalidad del momento y premisa de la toma del poder la crítica, la propaganda y la conquista de la mayoría en los soviets. Los enemigos vieron en aquella declaración la batida en retirada de unos dirigentes asustados o una astuta maniobra. Pero hoy conocemos ya la fundamental posición de Lenin, en lo que se refiere al problema de la toma del poder, y cómo enseñó al partido a poner en práctica las «tesis de abril» basándose en la experiencia de los hechos.

      Tres semanas antes, Kámenev había declarado que se consideraba «feliz» al poder votar con los mencheviques y los socialrevolucionarios por una proposición única sobre el gobierno provisional, y Stalin desarrollaba la teoría de la división del trabajo entre los kadetes y los bolcheviques. ¡Cuán lejanas parecía ahora aquellas votaciones y aquellas teorías! Después de la lección de las jornadas de abril, Stalin se pronunció, al fin, por primera vez, contra la teoría de la «fiscalización» benévola del gobierno provisional, evacuando prudentemente sus propias posiciones de ayer. Pero nadie se dio cuenta de la maniobra.

      ¿En qué consistía el aventurismo de la política propugnada por algunos elementos del partido?, preguntaba Lenin en el Congreso, que comenzó sus tareas después de aquellas graves jornadas. En la tentativa de actuar por la violencia cuando aún no había base para emplear la violencia revolucionaria. «Se puede derribar a aquellos a quienes el pueblo conoce como detentadores de la fuerza. Pero ahora no los hay, los cañones y los fusiles están en manos de los soldados, y no de los capitalistas. Hoy los capitalistas no conducen a la gente por la violencia, sino por el engaño, y sería necio gritar contra la violencia, sería absurdo. Hemos lanzado la consigna de manifestaciones pacíficas. Deseábamos únicamente hacer un recuento pacífico de las fuerzas del adversario, pero no dar la batalla. El Comité de Petrogrado se ha desviado un poco hacia la izquierda... Con el grito acertado de «¡Vivan los soviets!» se ha lanzado otro que no lo era: «¡Abajo el gobierno provisional!» En el momento de la acción, el desviarse «un poco hacia la izquierda» podía ser peligroso. Nosotros lo refutamos como el mayor de los crímenes, como un gran desorganización.»

      ¿En qué se basan los dramáticos acontecimientos de la revolución? En los cambios producidos en la correlación de fuerzas, ¿qué es lo que los provoca? Son, principalmente, las vacilaciones de las clases intermedias, de los campesinos, de la pequeña burguesía, del ejército. Un margen gigantesco de vacilaciones que va desde el imperialismo kadete hasta el bolchevismo. Estas vacilaciones se desarrollan simultáneamente en dos sentidos antagónicos. La representación política de la pequeña burguesía, los jefes conciliadores, propenden cada vez más marcadamente hacia la derecha, hacia la burguesía. Por el contrario, las masas oprimidas se van manifestando de una manera cada vez más acentuada y audaz hacia la izquierda. Al pronunciarse contra el aventurismo de que habían dado pruebas los dirigentes de la organización petersburguesa, Lenin hace una salvedad: si las clases intermedias se inclinaran hacia nosotros de un modo serio, profundo, consistente, no vacilaríamos ni un instante en desahuciar al gobierno del palacio de Marinski. Pero aún no hay tal. La crisis de abril manifestada en la calle no es la primera ni será tampoco la última vacilación de la masa pequeñoburguesa y semiproletaria». Nuestra misión, por ahora, sigue siendo la de «explicar pacientemente», prepara el terreno para que en su próxima vacilación, más profunda, más consciente, las masas vengan a nosotros.

      Por lo que al proletariado se refiere, su cambio de frente y su viraje hacia los bolcheviques tomó en el transcurso de abril un carácter muy acentuado. Los obreros acudían a los comités del partido y preguntaban lo que tenían que hacer para pasar del partido menchevique al bolchevique. En las fábricas interrogábase con insistencia a los diputados soviéticos acerca de la política exterior, de la guerra, de la dualidad de poderes, de las subsistencias, y, como resultado de estos sondeos, lo más frecuente era que los diputados socialrevolucionarios o mencheviques fueran sustituidos por los bolcheviques. Fue en los soviets de barriada, los que más cerca se hallaban de las fábricas, donde se inició con más rapidez el viraje. A finales de abril, en los soviets de los barrios de Viborg, de Narva y de la Isla de Vasíliev, los bolcheviques se encontraban súbita e inesperadamente con que tenían mayoría. Era éste un hecho de gran importancia, pero los jefes del Comité ejecutivo, absorbidos por la política de altura, miraban de arriba abajo lo que pudieran hacer los bolcheviques de los barrios obreros. Sin embargo, éstos empezaron a ejercer una presión cada vez más sensible sobre el centro. Sin que interviniese para nada el Comité de Petrogrado, se inició en las fábricas una campaña enérgica y fructífera en torno a la reelección de representantes en el Soviet general de diputados obreros. Sujánov opina que, a principios de mayo, la tercera parte del proletariado petersburgués seguía a los bolcheviques. La tercera parte, por lo menos, entre la que se contaban, por añadidura, los elementos más activos. La incoherencia del mes de marzo iba desapareciendo, y la orientación política del partido tomaba formas más definidas; las «fantásticas» tesis de Lenin iban tomando cuerpo y echando raíces en las barriadas de Petrogrado.

      Cada paso que la revolución daba al frente tiene su origen en las masas o es impuesto por la intervención directa de las mismas, completamente inesperada, en la mayoría de los casos, para los partidos del Soviet. Después de la revolución de Febrero, cuando los obreros y los soldados derribaron la monarquía sin consultar a nadie, los jefes del Comité ejecutivo entendían que la misión de las masas habían terminado. Pero se equivocaban de medio a medio. Las masas no estaban dispuestas, ni mucho menos, a retirarse por el foro. Ya a principios de marzo, durante la campaña por la jornada de ocho horas, los obreros arrebataron esta concesión al capital a pesar de que los mencheviques y los socialrevolucionarios embarazaban sus movimientos. El Soviet no tuvo más remedio que registrar aquel triunfo, arrancado sin él y en contra suya. La manifestación de abril fue una segunda enmienda del mismo tipo. No hay una sola acción de masa, independientemente de su fin concreto, que no sea un aviso para la dirección. En un principio, el aviso tiene un carácter suave, pero después se torna cada vez más decidido. En julio, de mero aviso se convierte ya en amenaza. En octubre se produce el desenlace.

      En los momentos críticos, las masas intervienen siempre de un modo «espontáneo». En otros términos, obran bajo el influjo de las consecuencias que ellas mismas, ayudadas por sus jefes aún no sancionados oficialmente, sacan de la experiencia política. Al asimilar estos o aquellos elementos de agitación, las masas traducen por propia iniciativa sus conclusiones al lenguaje de la acción. Los bolcheviques no habían dirigido todavía, como partido, la campaña por la jornada de ocho horas. Tampoco fueron ellos quienes lanzaron a las masas a la manifestación de abril. No fueron tampoco los bolcheviques los que impulsaron a las masas a echarse a la calle a principios de julio. Hasta octubre, el partido no conseguirá acompasar definitivamente su paso al de las masas, pero ya no es para ponerse a la cabeza de ellas en una manifestación, sino para acaudillarlas en la revolución y llevarlas al poder.

      Capítulo 18. La primera coalición
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